Un laicado en acción

Vivir el sueño misionero de llegar a todas las personas

Cuestionario para la preparación del Congreso de Laicos

Índice

Presentación

  • Premisa: Laicos en acción. Somos una misión
  • Hacia un Congreso de Laicos
    • Lema: Pueblo de Dios “en salida”
    • Objetivos
    • Claves de fondo
    • Abramos un nuevo camino
    • Un Congreso en tres etapas
    • Destinatarios
  • Cuestionario para la reflexión
    • Reconocer es lo primero
    • Interpretar a la luz del Espíritu
    • Elegir caminos de resurrección

Oración final

Anexo: indicaciones para el trabajo en la fase diocesana Siglas y abreviaturas

Presentación

La Asamblea Plenaria celebrada en el mes de abril del 2018 trató un tema al que ha dedicado tiempo y diferentes iniciativas a lo largo de sus más de cincuenta años de andadura: los laicos en la Iglesia y en el mundo. Fruto del diálogo episcopal y teniendo en cuenta el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal (2016-2020), surgió la decisión de organizar un Congreso de Laicos en el primer trimestre de 2020, encomendándose su organización a la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar.

Este Congreso está pensado como un acontecimiento que forma parte de un itinerario, que tiene una fase previa diocesana y una etapa posterior, en la que, tras la celebración del Congreso, se marquen las líneas fundamentales para dinamizar el laicado en los próximos años.

Para la fase previa, que se llevará a cabo en el ámbito diocesano y en los movimientos y asociaciones, se ha preparado este Documento-cuestionario que tienes en tus manos, elaborado por una Comisión formada principalmente por laicos, auténticos protagonistas de todo este proceso.

En la primera parte del Documento se exponen las cuestiones introductorias y generales: la justificación del Congreso, el lema, los objetivos, los destinatarios, las claves de fondo y las notas características de este proceso.

La segunda parte se estructura siguiendo el camino que nos marca el Papa Francisco para llegar a realizar un verdadero discernimiento: reconocer, interpretar y elegir.

El objetivo de este Documento-cuestionario no es ofrecer una reflexión teológica sobre el laicado, sino proponer orientaciones generales que contribuyan a suscitar el diálogo y permitan expresar a quienes profundicen en él sus inquietudes, sus aspiraciones, sus experiencias, sus dificultades, sus retos y sus desafíos. Este texto simplemente aporta un marco para expresar el sentir del laicado.

Nuestro anhelo es que la lectura, reflexión y diálogo en torno a sus contenidos nos ayuden a profundizar en nuestra vocación bautismal y en la comunión para la misión evangelizadora en la Iglesia y en el mundo.

Luis Manuel Romero Sánchez Director del Secretariado

de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

  • Premisa: laicos en acción. Somos una misión.

Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos en todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando (Hch 2,42-47).

En este episodio, Lucas ofrece al lector cuatro pinceladas maestras sobre la Iglesia primitiva:

  • La enseñanza de los apóstoles, que hace referencia al conjunto de la predicación apostólica y tiene su fundamento en la Palabra de Dios.
    • La comunión (koinonia), que no se reduce a una unidad espiritual, sino que subraya también la solidaridad y la justicia que brota entre los creyentes en Jesús resucitado, los cuales tienen “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32).
    • La fracción del pan, la Eucaristía, que es el sacramento de la comunión con Cristo, palabra y pan de vida (Jn 6,34.51).
    • La oración, que las primeras comunidades practicaban con frecuencia y estaba en el centro de sus vidas.

Estas pinceladas constituyen el espejo en el que la Iglesia de todos los siglos debe mirarse y proyectarse para seguir caminando con fidelidad a Jesucristo; precisamente por ello, pueden servirnos de guía a la hora de llevar a cabo el proceso de reflexión que se plantea en este documento y de asumir las propuestas en él contenidas.

La Conferencia Episcopal Española, entre los años 2016-2020, está siguiendo un Plan Pastoral bajo el título Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo. Este plan está inspirado en la llamada a la conversión misionera que el Papa Francisco ha propuesto a la Iglesia, en continuidad con el magisterio de los últimos pontífices, siguiendo la ruta trazada en el Concilio Vaticano II. “Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, también está llamada a la conversión misionera… En orden a que este impulso misionero sea cada vez más intenso, generoso y fecundo, exhorto también a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (EG 30). Efectivamente, la conversión espiritual, pastoral y misionera que propone el Papa empieza con el discernimiento, lleva a la purificación y se concreta en propuestas para el cambio y la reforma.

En el Plan Pastoral afirman nuestros obispos: “Somos conscientes de que en España la Iglesia está también llamada por el Señor a una conversión misionera. Las circunstancias históricas que estamos viviendo han hecho más difícil y más necesaria la claridad y la firmeza de la fe personal, la vivencia comunitaria y sacramental de nuestras convicciones religiosas” (Plan Pastoral, 10). Y, en este sentido, nos invitan a asumir el protagonismo que nos corresponde en este proceso de

renovación en virtud del mismo bautismo. “Su (nuestra) colaboración, como miembros del Pueblo de Dios, es indispensable para que la Iglesia pueda hacerse presente en muchos ambientes y lugares de primera importancia en la vida secular, como son las universidades, los medios de comunicación, la formación de la opinión pública, las orientaciones y tendencias en la vida laboral, económica, cultural y política” (Plan Pastoral, 12).

Nosotros, fieles cristianos, somos conscientes del protagonismo activo que tenemos dentro y fuera de la Iglesia (ChL 40,42) y, en coherencia con ello, asumimos con ilusión y coraje la corresponsabilidad que nos atañe en el proceso de conversión misionera que queremos abordar como Iglesia unidos a todo el Pueblo Santo de Dios con la guía de nuestros pastores y el acompañamiento de la vida religiosa. Nos ilumina el Concilio Vaticano II cuando afirma que “a los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (LG 31).

Como Pueblo de Dios queremos vivir el sueño de la misión de llegar a todas las personas, porque somos conscientes de que la llamada misionera en nuestro país, como propone Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo, llega hasta los cristianos practicantes, pero también a los cristianos bautizados no practicantes, y a nuestros conciudadanos que no han recibido el anuncio del Evangelio. El mandato misionero nos envía a todos, ocupando un lugar privilegiado los pobres.

El mes misionero que vamos a celebrar a nivel de toda la Iglesia universal el próximo mes de octubre de 2019 constituye una oportunidad para que insistamos en ese dinamismo misionero propio de todo el Pueblo de Dios. Así aparece reflejado también en EG 15: “La actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia y la causa misionera debe ser la primera.

¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio estas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia”.

Hacia tal fin nos conducen la gratitud, la esperanza y la alegría: “Esta salida misionera no responde a ninguna estrategia ni a ningún sentimiento de superioridad. Sabemos que todos somos pobres hombres y mujeres, ignorantes y pecadores, necesitados de la gracia y de la misericordia de Dios. Hemos recibido el don de la fe que nos ilumina y nos sostiene en la vida, queremos compartir esta alegría, deseamos ofrecer con sencillez a todos la posibilidad de vivir en la paz y en la esperanza que Dios da a los que aceptan sus dones de salvación. La alegría y la gratitud nos mueven a compartir con todos los hermanos, en un amor común, el gozo de la salvación de Dios” (Plan Pastoral, 13-14).

  1. Hacia un Congreso de Laicos

El Plan de Pastoral 2016-2020 prevé a la finalización del mismo la celebración de un Congreso de Evangelización, al que se convocará a todo el Pueblo de Dios –obispos, presbíteros, consagrados y laicos–. La organización de este congreso ha sido encomendada a la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar de la Conferencia Episcopal Española con el fin de impulsar un proceso que involucre a todas las diócesis y, en ellas, a todo el Pueblo de Dios, en sus distintas vocaciones y en todas las realidades eclesiales. En este contexto, proponemos celebrar un Congreso de Laicos, entre los días 14 al 16 de febrero de 2020, que ayude a clarificar el futuro inmediato de su misión en nuestra sociedad.

  • Lema: Pueblo de Dios “en salida”

El Plan Pastoral Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo, que nos orienta y fundamenta, propone un estimulante horizonte: “Deseamos aprender a vivir como una Iglesia en salida, que sale realmente de sí misma para ir al encuentro de los que se fueron o de los que nunca han venido y mostrarles el Dios misericordioso revelado en Jesucristo. «La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera»” (Plan Pastoral, 14)

Precisamente por ello, en línea con la insistencia del Papa Francisco de abrir las puertas de nuestra Iglesia y de salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas (EG 46), proponemos que el lema de este itinerario sea Pueblo de Dios “en salida”, subrayando que somos misión, un laicado en acción. No en vano, buscamos salir de nosotros mismos y de la comodidad de nuestras comunidades, ponernos en camino, ir al encuentro de quienes se han apartado de Dios o aún lo conocen (EG 14). Así nos lo pide el Papa: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. (…) prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las  estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37)” (EG 49).

Con él deseamos subrayar los siguientes aspectos:

  • Somos un pueblo. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Como tal, nos guían en nuestro hacer y en el cumplimiento de nuestra misión tres grandes principios: sinodalidad, corresponsabilidad y comunión. Al mismo tiempo, somos un pueblo que está en camino, que no parte de cero. Tomando como referencia ese camino recorrido, deseamos seguir avanzando juntos, unidos, y mostrarnos a quienes no forman parte del mismo como una comunidad a su servicio.
  • Somos el pueblo de Dios. Es Dios mismo quien nos ha hecho pueblo. Ha sido Jesucristo quien ha creado la Iglesia como comunidad. Se trata, además, de una expresión en línea con el magisterio del Concilio Vaticano II (Iglesia, pueblo de Dios) y con el magisterio del Papa Francisco, quien insiste particularmente en esta idea de que la Iglesia es el pueblo santo de Dios.
  • Somos un pueblo “en salida”. Nuestra misión está principalmente fuera de nosotros mismos, en el mundo, en las periferias existenciales. Es lo que el Papa Francisco, en EG 14, denomina como “el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo», no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe”. La expresión es también propia y habitual en su Magisterio: “Iglesia en salida”.
  • Objetivos

El objetivo general del Congreso es impulsar la conversión pastoral y misionera del laicado en el Pueblo de Dios, como signo e instrumento del anuncio del Evangelio de la esperanza y de la alegría, para acompañar a los hombres y mujeres en sus anhelos y necesidades, en su camino hacia una vida más plena.

Junto al objetivo general mencionado, se pretende la consecución de los cinco siguientes objetivos específicos, centrados todos ellos en el impulso de un laicado evangelizador:

  1. Tomar conciencia de que la vocación bautismal es llamada universal a la santidad y, por tanto, de la responsabilidad laical en nuestras comunidades y en la transformación del mundo. Vocación bautismal del laicado para la misión.Promover “la caridad política”, dimensión propia del estilo de vida de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Dimensión socio-política de la fe.Transmitir, desde el discernimiento iluminado por la Palabra, una mirada de esperanza ante los desafíos que nos presenta la evolución de nuestra sociedad actual. Vivir la misión con alegría y esperanza.Ser espacio de comunión como Pueblo de Dios que, alimentado en la Eucaristía, promueve nuevas dinámicas de trabajo pastoral en las diócesis y a nivel nacional en lo que concierne al apostolado seglar, para llegar a los bautizados que están alejados por cualquier causa. Comunión para la acción misionera.Visibilizar la realidad del laicado que, a título personal y familiar, en movimientos, asociaciones y comunidades, desde la vivencia del Evangelio, comparten experiencias y líneas de acción en la Iglesia y en el mundo. Llamados a ser “discípulos misioneros” en la Iglesia y en el mundo.
  • Claves de fondo

Existen, además, unas claves de fondo que debemos tener presentes en todo el proceso:

  • Dar voz al laicado, asociado y no asociado, en tanto que auténtico protagonista del mismo. Se trata, por tanto, de desarrollar una actitud de escucha, de aspiraciones y de experiencias.
  • Vivir la sinodalidad y la corresponsabilidad laical. Somos miembros del pueblo de Dios, llamados, junto con nuestros Pastores, a una misión en la Iglesia y en el mundo.
  • Ejercitar el discernimiento, a la luz de la Palabra que transmite y vive la Iglesia.

—Promover una cultura del encuentro frente a la cultura del descarte, en clave misionera.

—Impulsar un laicado en salida y alegre. Tenemos como Iglesia un mensaje positivo y de servicio que deseamos ofrecer, desde la sencillez, a la sociedad actual.

  1. 4. Abramos un nuevo camino

El camino que proponemos se caracteriza por tres notas: la sinodalidad, el discernimiento y la espiritualidad.

Un proceso desde la sinodalidad. La sinodalidad es un elemento constitutivo en la Iglesia porque forma parte de su misma naturaleza. La palabra sinodalidad significa caminar juntos, propone fortalecer las relaciones, exige contar con comunidades misioneras abiertas al territorio, invita a la conversión y lleva a la misión. Todo el itinerario que diseñamos y el Congreso vendrá marcado por esta clave de sinodalidad. “La puesta en acción de una Iglesia sinodal es el presupuesto indispensable para un nuevo impulso misionero que involucre a todo el Pueblo de Dios” (DF 118).

Un proceso de discernimiento. Discernir es misión de la Iglesia. En el proceso que estamos proponiendo nos serviremos en todas sus fases del método de discernimiento. Este método “nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones” (GE 169). Por eso, “[e]s preciso esclarecer aquello que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que atenta contra el proyecto de Dios. Esto implica no sólo reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo, sino —y aquí radica lo decisivo— elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo” (EG 51). El discernimiento no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir (GE 166). Además, para que este proceso de discernimiento pueda llevarse a cabo necesitaremos de un estilo caracterizado por la escucha fraterna y el diálogo intergeneracional en todas sus fases.

Un proceso espiritual. El Espíritu Santo nos precede en el corazón de las personas y en los acontecimientos de la historia. Somos conscientes de que el Señor en su Palabra alimenta y orienta nuestras decisiones. Al calificar de espiritual este proceso estamos invitando a proponer una experiencia de esperanza y de consolación (consuelo que se deriva del encuentro personal con el Señor), donde tenga su lugar la escucha, la apertura de mente y de corazón. Solo de esta manera podremos vivir una experiencia del Espíritu, un nuevo Pentecostés, caminando todos juntos como bautizados. El Papa Francisco nos anima a ello cuando señala que “para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26).

Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento” (EG 280). Por ello, “[c]uando hay circunstancias que nos abruman, siempre podemos recurrir al ancla de la súplica, que nos lleva a quedar de nuevo en las manos de Dios” (GE 114).

  • Un Congreso en tres etapas

Proponemos que el Congreso de Laicos no sea tanto un evento cuanto el inicio de un nuevo itinerario (proceso) que ayude a impulsar la llamada misionera de la Iglesia en la hora presente. En este sentido, estará formado por tres etapas:

La primera etapa se realizará en el ámbito diocesano y en los movimientos y asociaciones y está concebida como un momento de encuentro, escucha y lanzamiento del proceso.

Algunos grupos de laicos se han reunido, durante estos meses, para reflexionar sobre cuatro temas, elaborados por la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, en torno a la vocación a la santidad, con el método de la lectio-divina y tomando como referencia la Exhortación Apostólica del Papa Francisco, Gaudete et exsultate. En estos momentos se propone trabajar este Documento-cuestionario en grupos diocesanos constituidos a tal efecto y en cualquier grupo existente: jóvenes, familia, catequistas, profesores de religión, Cáritas, hermandades y cofradías, movimientos, asociaciones… de tal modo que tanto las reflexiones como las sugerencias que se planteen recojan toda la riqueza de nuestra Iglesia.

Las realidades desde las que hemos de profundizar en el cuestionario son las que configuran la vida eclesial, especialmente aquellas que hoy resultan más necesarias, a veces por su ausencia. Nos referimos a los jóvenes (con toda sus dimensiones educativas, de iniciación cristiana, de nueva cultura que generan los medios digitales); la familia (como ámbito de realización de la relación hombre/mujer; la educación afectiva/sexual y moral; el matrimonio como proyecto de vida; la mujer en todas sus dimensiones; la infancia; las personas mayores…), y los adultos responsables de la fe (compromiso en la vida pública: trabajo, educación, ciudadanía, política, solidaridad, economía, migraciones…).

Junto con el trabajo en torno al documento, se celebrará un encuentro diocesano que permita recoger todas las sugerencias y llevar a cabo una síntesis de aportaciones que servirán de referencia para la elaboración de un Instrumentum Laboris, que será trabajado en especial por quienes participen en el Congreso y que marcará, junto con las ponencias del mismo, las líneas generales del camino que se iniciará tras su celebración.

Esta primera etapa vendrá también enriquecida y reforzada por tres momentos de especial interés que celebraremos en los próximos meses:

  1. El Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar (9 de junio). La campaña estará centrada este año en la dimensión misionera de nuestro ser laicos en la Iglesia y en el mundo.
    1. El mes misionero, convocado por el Papa Francisco (octubre). Nos uniremos a las iniciativas que se organicen subrayando también la meta de la misión como “paradigma de

toda obra de la Iglesia” (EG 15).

  • Jornada nacional de Delegados de Apostolado Seglar y Responsables de Movimientos y Asociaciones (26-27 de octubre). Reflexionaremos y trabajaremos sobre cuestiones fundamentales relacionadas con el impulso del laicado: los jóvenes, la mujer y la presencia pública.

Así pues, la etapa diocesana se desarrollará hasta finales de octubre de 2019, tiempo durante el cual habrá de llevarse a cabo la reflexión sobre el documento-cuestionario y deberán celebrarse los encuentros diocesanos. Desde noviembre de 2019 hasta enero de 2020 se trabajará el Instrumentum Laboris preparatorio del Congreso.

La segunda etapa es propiamente la relativa al Congreso, que se celebrará en Madrid del 14 al 16 de febrero de 2020. En él participarán representantes de todas las Diócesis españolas y de los diferentes movimientos y asociaciones de apostolado seglar. El objetivo fundamental del mismo es que en estos días se determinen propuestas concretas y líneas de actuación para dinamizar el laicado en nuestras diócesis de cara a los próximos años, por lo que se priorizará el trabajo en común en torno a cuatro itinerarios fundamentales que nos atañen a todos: primer anuncio, acompañamiento, procesos formativos y presencia en la vida pública. Junto con ello, también habrá ponencias que nos sirvan para contextualizar los trabajos y favorecer la reflexión. Todo el Congreso estará fundamentado en dos claves de carácter transversal –la sinodalidad (comunión) y el discernimiento– y en él se cuidarán especialmente los momentos celebrativos y festivos.

La tercera etapa no se concibe como el final del proceso, sino como el inicio de nuevos caminos que permitan concretar lo reflexionado en la fase diocesana y lo vivido con motivo del Congreso. Se promoverá la celebración con carácter periódico de congresos diocesanos y futuros congresos nacionales para seguir avanzando en las líneas marcadas, con el fin último de continuar ofreciendo instrumentos para reforzar la vivencia de la vocación y de la misión de los fieles laicos. La responsabilidad de esta etapa corresponderá a los distintos sujetos del camino recorrido: diócesis y otras realidades eclesiales, movimientos y asociaciones eclesiales.

  • Destinatarios

Los destinatarios principales del proceso y del Congreso son:

  • los laicos no asociados, de parroquia, la inmensa mayoría. Nos referimos los fieles laicos que están en diversos ámbitos parroquiales y diocesanos: familia, juventud, personas mayores, enseñanza, universidad, catequesis, Cáritas, hermandades y cofradías…
  • los laicos asociados. Miembros de movimientos y asociaciones presentes en nuestras Diócesis y a nivel nacional.
  • aquellos bautizados que no se han incorporado aún a la vida y dinámica pastoral de nuestras Parroquias y Movimientos y Asociaciones. Este proceso puede ayudar a que surjan nuevos grupos de reflexión para laicos que se encuentran más alejados de la Iglesia.
  • Cuestionario para la reflexión

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: “Va a llover”, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: “Viene bochorno”, y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? (Lc 12,54-57).

A la luz de este pasaje bíblico, Jesús nos reta a saber leer los signos de los tiempos. El desafío no consiste en tener una mirada intelectual hacia un suceso particular, sino en saber ver la presencia amorosa de Dios en cada acontecimiento. San Juan de la Cruz afirma: “El lenguaje de Dios es la experiencia de que Dios escribe en nuestras vidas”.

La expresión “signos de los tiempos” aparece, en el contexto del Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium  et spes: “… es  deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo    los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza” (GS 4). En ella se abordan como preguntas que plantea el mundo actual, a las que hay que buscar respuestas a la luz del Evangelio, y que nos ayudan a tener un mejor acercamiento a los designios profundos del corazón de Dios.

Esta expresión novedosa para la teología trajo consigo un proceso de renovación teológica- pastoral para la Iglesia, en el período postconciliar. La segunda parte de este Documento es precisamente una invitación a leer los signos de los tiempos, a mirar la realidad de nuestra Iglesia y del mundo, la realidad del laicado, y a preguntarnos cómo está presente el Señor y cuál está siendo nuestra respuesta ante la llamada que Él nos hace a evangelizar: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Cf. Mc 16,15).

Ese es el gran desafío que tenemos como Iglesia y por eso proponemos este material para el diálogo, siguiendo un camino en tres fases, que señala el Papa Francisco como claves para llevar a cabo un auténtico discernimiento, una lectura seria de los signos de los tiempos: Reconocer, Interpretar y Elegir.

  • Reconocer es lo primero

El primer paso para el discernimiento lleva a reconocer. En este punto haremos una sencilla valoración del camino recorrido en nuestra Iglesia española respecto al laicado en los últimos años y presentaremos algunas preguntas que puedan servirnos para el diálogo.

En Iglesia en misión al servicio de nuestro Pueblo se nos invita, a la hora de reflexionar sobre el papel de la Iglesia, a empezar por nosotros mismos, por nuestra propia responsabilidad, haciéndonos algunas preguntas: ¿Creemos de verdad en la eficacia y en la necesidad del Evangelio para el bien de nuestros hermanos? ¿Estamos haciendo todo lo posible para que nuestro pueblo

crea en Jesucristo y viva con alegría las riquezas de los dones de Dios? ¿Acaso no hemos caído en la desconfianza, el desaliento, el conformismo, la comodidad, la pereza, el pragmatismo, el pesimismo? Ciertamente la mundanidad espiritual, la ruptura de la comunión entre nosotros y la falta de conversión influyen negativamente en el ejercicio de nuestra misión de hacernos presentes ante las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo (Plan Pastoral, 27).

Reconocemos avances y dificultades

Todos estos temas los vemos presentes en nuestra realidad eclesial. Fijando nuestra mirada en los laicos y su misión, cuando nos acercamos al camino realizado en los últimos años en nuestras diócesis, estamos obligados a reconocer avances pero también encontramos algunas dificultades. Proponemos llevar a cabo una lectura reflexiva de unos y otras y profundizar en cómo afectan a nuestras propias vidas.

Sería prolijo detallar los avances respecto a la conciencia e implicación en la misión del laicado. Hagamos un breve resumen de ellos:

Þ va creciendo la conciencia de la responsabilidad del laicado en la misión;

Þ aumenta el sentido evangelizador entre el laicado;

Þ existe un laicado que ejerce diversos servicios eclesiales;

Þ otros se comprometen en causas sociales, políticas o culturales;

Þ han florecido nuevos movimientos laicales impulsados por el Espíritu;

Þ ha crecido en el laicado la conciencia de tener un carisma y misión;

Þ se han dado grandes pasos en la formación laical;

Þ además se ha crecido en el laicado asociado.

Pero no faltan dificultades. En este texto recogemos algunas:

Þ se percibe una pérdida de esperanza en algunos ante la complejidad de la misión;

Þ también se percibe falta de comunión entre movimientos, asociaciones y parroquias, lo  que provoca un debilitamiento de la vida comunitaria;

Þ otro de los males que nos acecha es el clericalismo;

Þ nos sentimos desorientados antes los cambios antropológicos relacionados con la corporalidad y la sexualidad;

Þ el ambiente digital se convierte en un difícil reto;

Þ está por hacer la reflexión sobre el papel de la mujer en la Iglesia;

Þ a veces discutimos sobre cuestiones intraeclesiales y no hablamos de los grandes problemas sociales (paro, pobreza, vivienda…);

Þ sigue faltando formación, en especial sobre la Doctrina Social de la Iglesia;

Luces y sombras

Al mismo tiempo, saliendo del ámbito eclesial, hemos de partir del hecho de que también el mundo tiene sus luces y sus sombras; unas y otras terminan afectando a la Iglesia y a la forma de pensar de sus miembros. El Plan Pastoral Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo recogió

con acierto algunas de ellas.

En concreto, respecto a las sombras, hablaban nuestros obispos de:

Þ La poca valoración social de la religión;

Þ Una cultura que ha insistido en una exaltación de la libertad y del bienestar material según nuestras conveniencias;

Þ El predominio de una cultura secularista;

Þ El deslizamiento del subjetivismo al relativismo;

Þ Una cultura del “todo vale” y del descarte;

Þ Y también la propia responsabilidad que como cristianos tenemos en el proceso de descristianización.

Ello no impide, sin embargo, reconocer algunos motivos de esperanza. El punto de partida es que la humanidad es fruto del amor de Dios: “La razón fundamental y decisiva para nuestra esperanza es la fidelidad y el amor de Dios. Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la felicidad de su gloria (cf. 1 Tim 2,4). Él es el principal protagonista de la historia de la salvación” (Plan Pastoral, 29). Entre las luces, destacamos las siguientes:

Þ la creciente valoración de la dignidad de la persona humana;

Þ el gusto por la libertad;

Þ la exaltación de la solidaridad;

Þ la experiencia de la unidad del género humano;

Þ la rebelión contra la injusticia y la intolerable pobreza de tantos millones de personas;

Þ el amor y el cuidado de la naturaleza, la casa común del ser humano y regalo de Dios;

Þ los buenos servicios de Cáritas, Manos Unidas y otras instituciones eclesiales, que han mejorado la imagen de la Iglesia.

Estas actitudes pueden favorecer el descubrimiento del valor perenne y definitivo del Evangelio de la salvación de Dios. Por otra parte, la misma experiencia del mal que sufre el hombre cuando se aleja de Dios puede preparar una reacción de arrepentimiento y auténtica religiosidad. Tiene que llegar un día en que los que se fueron de la casa del Padre sientan la necesidad de encontrarse con el abrazo misericordioso de Dios: «Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre» (Lc 15,18). Con su buen sentido, mucha gente está ya viendo cómo el abandono de la Ley de Dios no trae la felicidad, sino que aumenta el sufrimiento (Plan Pastoral, 30).

Cuadro de texto: Algunas preguntas para la reflexión personal y compartida

Tomando como referencia el contexto que hemos analizado en esta parte del documento, ante la necesidad de identificar los aspectos positivos y negativos, que constituye el punto de partida de nuestra misión, reflexionemos sobre las siguientes cuestiones:
1.	¿Qué aspectos positivos observamos en nosotros mismos y en nuestro entorno que nos indican que estamos en el camino hacia la tarea de ser una Iglesia misionera?
2.	¿Qué dificultades hemos de superar aún en nuestra Iglesia?
3.	¿Qué signos positivos y negativos encontramos en el mundo de hoy y son una llamada para las comunidades cristianas?
  1. Interpretar a la luz del Espíritu

En este punto queremos ofrecer algunos criterios de iluminación. Con esta finalidad haremos una referencia al magisterio del papa Francisco y, en este sentido, propondremos como criterios fortalecer una antropología laical y avanzar en una eclesiología misionera. Plantearemos después algunas preguntas que puedan servir para el diálogo y escucha mutua.

El magisterio de Francisco

Todos somos conocedores de la importancia que el papa Francisco otorga a la teología del Pueblo de Dios. En la carta dirigida al cardenal Ouellet decía: “Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) quedan consagrados como casa espiritual  y  sacerdocio  santo (LG 10) Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizado laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones tanto en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado. Somos, como bien lo señala el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, cuya identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción”.

Dos criterios fundamentales

El Concilio presentó en positivo el significado y alcance de la vocación laical: incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes de la función sacerdotal,

profética y real de Cristo, ejercemos en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que nos corresponde (LG 31).

En este sentido, lo propio de esa llamada es precisamente el “carácter secular” (ChL 15). Nos ilumina el bautismo. El bautismo está en la base de toda forma de vida eclesial. Toda persona bautizada, cualquiera que sea su vocación, vive la misión desde la eclesialidad y la secularidad. El fiel cristiano laico concreta de manera propia y particular estas dos dimensiones. Pero la dimensión secular no es tanto un dato sociológico sino más bien una perspectiva teológica porque sitúa al laicado en su vocación que lleva inseparablemente una misión. ”La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (EG 273).

En esta cita aparece con fuerza la vocación y la misión. La vocación es un pilar antropológico. La vocación unifica la persona. Hay formas diferentes en el seguimiento de Jesús. “Las vocaciones eclesiales son, en efecto, expresiones múltiples y articuladas a través de las cuales la Iglesia cumple su llamada a ser un verdadero signo del Evangelio recibido en una comunidad fraterna. Las diferentes formas de seguimiento de Cristo expresan, cada una a su manera, la misión de dar testimonio del acontecimiento de Jesús, en el que cada hombre y cada mujer encuentran la salvación” (DF 84).

La vocación y la misión son la cara y la cruz de la misma moneda. Hasta ahora hemos hablado de la vocación como del pilar donde se asienta la vida cristiana. Unido a este pilar hay otro que es la misión. “Yo soy una misión”. La misión está dentro de la expresión ‘yo soy’, afirmación típicamente antropológica. La antropología del don, iluminada desde la misión, lleva hasta la salida de sí: ser para los demás y con los demás. La pregunta fundamental que hemos de hacernos no es quién soy yo, sino quién soy yo para los demás. En este sentido, la antropología del don tiene un carácter profético en un mundo que se asienta en una antropología de la indiferencia: “nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (EG 54).

Vocación y misión se concretan, en expresión del Papa Francisco, en el deber de vivir nuestra fe como “discípulos misioneros”: “[c]ada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores cualificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados” (EG 120).

Estos dos criterios tienen tres consecuencias pastorales urgentes:

  • desarrollar una pastoral en clave vocacional. “Es muy importante explicar que, solo en

la dimensión vocacional, toda la pastoral puede encontrar un principio unificador, porque en ella encuentra su origen y su cumplimiento… El objetivo de la pastoral es ayudar a todos y a cada uno, mediante un camino de discernimiento, a alcanzar la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (DF 139).

  • potenciar una eclesiología misionera. “Solo una comunidad unida y plural sabe proponerse abiertamente y llevar la luz del Evangelio a los ámbitos de la vida social que hoy nos desafían: la cuestión ecológica, el trabajo, el apoyo a la familia, la marginación, la renovación de la política, el pluralismo cultural y religioso, el camino hacia la justicia y la paz, el mundo digital. Esto ya está sucediendo en las asociaciones y movimientos eclesiales” (DF 132).
  • y vivir la comunión eclesial, cuya fuente y culmen es la Eucaristía, que se manifiesta particularmente en el Domingo, día del Señor y de la Iglesia. “La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión. Es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de  sacramento de unidad” (NMI, 36).

Todo ello, en el contexto de la vocación como camino de santidad, como fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas y en nuestras comunidades, porque toda vida es misión. El Papa Francisco nos llama personalmente a ello: “tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo, escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy” (GE 23).

  • Elegir caminos de resurrección

En primer lugar hemos querido reconocer la realidad del laicado en nuestra Iglesia y después intentado iluminar esta realidad con la antropología laical y la eclesiología misionera; ahora nos toca elegir algunos caminos de resurrección que conduzcan al anuncio y a la misión.

A tal fin, por su carácter sugerente y por presentar de manera ordenada los cuatro aspectos básicos que hemos de tener presentes en el desarrollo de nuestra tarea evangelizadora, seguiremos el esquema de la tercera parte del documento final del Sínodo sobre los jóvenes, organizado alrededor de cuatro núcleos: la sinodalidad como elemento constitutivo de la Iglesia, la misión como llamada, la vida cotidiana como horizonte y la formación como estrategia fundamental.

Sinodalidad

La sinodalidad es el camino que la Iglesia del siglo XXI está invitada a transitar. Estamos llamados a recorrer la senda del caminar juntos. Entre las perspectivas que podemos abordar sobre la sinodalidad queremos destacar las siguientes:

  • Cuidar las relaciones. “En las relaciones —con Cristo, con los demás, en la comunidad— es donde se transmite la fe. También con vistas a la misión, la Iglesia está llamada a asumir un rostro relacional que ponga en el centro la escucha, la acogida, el diálogo, el discernimiento común, en un camino que transforme la vida de quien forma parte de ella… Así, la Iglesia se presenta como “tienda santa” en la que se conserva el arca de  la alianza  (cf. Ex 25): una Iglesia dinámica y en movimiento, que acompaña caminando, fortalecida por tantos carismas y ministerios. Así es como Dios se hace presente en este mundo” (DF 122).
  • Estimular la participación y la corresponsabilidad, con el deseo de evitar el clericalismo. Al comienzo de su pontificado, el papa Francisco decía en la exhortación postsinodal Evangelii gaudium que “Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante. (EG 102).
  • Proponer procesos de discernimiento comunitario. “La experiencia de “caminar juntos” como Pueblo de Dios ayuda a entender cada vez más el sentido de la autoridad en una perspectiva de servicio. A los pastores se les pide la capacidad de hacer crecer la colaboración en el testimonio y en la misión, y de acompañar los procesos de discernimiento comunitario para interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe y bajo la guía del Espíritu, con la contribución de todos los miembros de la comunidad, comenzando por los marginados. Responsables eclesiales con tales capacidades requieren una formación específica en la sinodalidad. Desde este punto de vista, parece oportuno estructurar itinerarios formativos comunes entre jóvenes laicos, jóvenes religiosos y seminaristas, en particular en referencia a temáticas como el ejercicio de la autoridad o el trabajo en equipo” (DF 124).
  • La santidad es para todos. Otro ejemplo de sinodalidad lo encontramos en la llamada a la santidad en el contexto actual que propone Francisco en la Exhortación apostólica Gaudete et exsultate. Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias para dedicar mucho tiempo a la oración” (GE 14).

Todo ello hemos de hacerlo en el contexto de la comunión, entendida como un gran don del Espíritu Santo que el laicado está llamado a acoger con gratitud y responsabilidad a través de la participación en la vida y misión de la Iglesia: “El fiel laico no puede jamás cerrarse sobre sí mismo, aislándose espiritualmente de la comunidad; sino que deber vivir en un continuo intercambio con los demás, con un sentido de fraternidad, en el gozo de una igual dignidad y en el empeño de hacer fructificar, junto con los demás, el inmenso tesoro recibido en herencia” (ChL 20). Y, sobre todo, teniendo presente que la evangelización tiene más que ver con la comunión que con la comunicación.

Llamada a la misión

A la hora de afrontar la misión a la que estamos llamados pueden iluminarnos las palabras que escribió el Papa Francisco en la carta que remitió al cardenal Ouellet con motivo del encuentro de la Pontificia Comisión para América Latina, el día 13 de marzo de 2017. En ella afirma que “muchas veces hemos caído en la tentación de pensar que el laico comprometido es aquel que trabaja en las obras de la Iglesia y/o en las cosas de la parroquia o de la diócesis y poco hemos reflexionado como acompañar a un bautizado en su vida pública y cotidiana; cómo él, en su quehacer cotidiano, con las responsabilidades que tiene se compromete como cristiano en la vida pública. Sin darnos cuenta, hemos generado una élite laical creyendo que son laicos comprometidos solo aquellos que trabajan en cosas de los curas y hemos olvidado, descuidado al creyente que muchas veces quema su esperanza en la lucha cotidiana por vivir la fe”.

La misión en nuestra sociedad tiene muchos retos. Este proceso que estamos recorriendo nos mostrará con claridad algunos de ellos: la familia como célula de la sociedad; los jóvenes; los niños

y personas mayores; el ambiente digital; las migraciones; el papel de las mujeres en la Iglesia sinodal; ofrecer una palabra clara, libre y auténtica sobre sexualidad; los contextos interculturales e interreligiosos; el diálogo ecuménico; la precariedad laboral y la falta de trabajo; la polarización de la sociedad; las nuevas pobrezas y marginaciones; la manipulación mediática…

“Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comunidad y atreverse a llegar hasta las periferias, que necesitan la luz de Evangelio(EG 20).

La Iglesia quiere estar significativamente presente en nuestra sociedad. La mejor manera para escuchar a nuestros conciudadanos es estar allí donde se encuentran, compartiendo su existencia cotidiana. “La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo… Así redescubrimos que Él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia” (EG 268).

“Una Iglesia que busca vivir un estilo sinodal no podrá dejar de reflexionar sobre la condición y el papel de las mujeres a nivel interno y, por ende, en la sociedad… Es preciso que mediante una obra valerosa de conversión cultural y de cambios en la práctica pastoral cotidiana se lleven a práctica las reflexiones ya realizadas. En este sentido, un espacio particularmente importante es la presencia femenina en todos los niveles de los órganos eclesiales, incluidos los cargos de responsabilidad, y la participación de las mujeres en los procesos de toma de decisiones eclesiales, respetando el papel del ministerio ordenado” (DF 148).

La Iglesia se compromete a promover la vida social, económica y política orientada a la justicia, la solidaridad y la paz. “Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora” (EG 178).

La familia es la primera comunidad de fe. “En la familia, que se podría llamar iglesia doméstica (LG 11), madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en las que se refleja, por gracia, el misterio de la Trinidad. Aquí se prende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida” (AL 86).

La vida de cada día

Es en el caminar de cada día donde nos convertimos en testigos y heraldos del Evangelio en los distintos contextos. La misión nos lleva a la vida de cada día, a nuestro trabajo, nuestros estudios, nuestro barrio, nuestro pueblo, nuestra familia, nuestro tiempo libre… Es ahí donde nos jugamos la tarea evangelizadora que tenemos encomendada.

El Concilio Vaticano II, en AG 11, proponía algunas actitudes misioneras que siguen teniendo actualidad: cuidar las relaciones con los hombres y mujeres de este tiempo; implicarse en la transformación de la realidad; participar de la vida cultural y social; estar atento a los gérmenes de las semillas del verbo; despertar el deseo de la verdad; conocer a los hombres entre los que se vive; dialogar sinceramente; iluminar la realidad con la luz que da el evangelio.

Es tal la importancia que el Sínodo ha dado a las relaciones que afirma que “no basta, pues, con tener estructuras, si no se desarrollan en ellas relaciones auténticas; es la calidad de estas relaciones, de hecho, la que evangeliza” (DF 129). En este sentido se puede concluir que solo una pastoral que sea capaz de renovarse a partir del cuidado de las relaciones y de la calidad de la comunidad cristiana será significativa y atractiva.

Unida a este pastoral relacional y generativa está la importancia de la vida comunitaria. “Una Iglesia sinodal y misionera se manifiesta a través de las comunidades locales formadas por muchos rostros. Desde el comienzo la Iglesia no ha tenido una forma rígida y uniforme, sino que se ha desarrollado como un poliedro de personas con distintas sensibilidades, procedencias y culturas. Precisamente así ha demostrado llevar en vasijas de barro, o sea en la fragilidad de la condición humana, el tesoro incomparable de la vida trinitaria. La armonía, que es un don del Espíritu, no elimina las diferencias, sino que las une generando una riqueza sinfónica. Este encuentro en la única fe entre personas diferentes constituye la condición fundamental para la renovación pastoral de nuestras comunidades. Y esto repercute en el anuncio, la celebración y el servicio, es decir, en las áreas fundamentales de la pastoral ordinaria” (DF 131).

La formación

Otro de los grandes retos es la formación. Siguiendo la perspectiva de la sinodalidad algunas palabras sostienen los procesos de formación: formarse juntos, formarse desde la propia vocación, formarse para la misión.

Una formación entendida como continuo proceso personal de maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre y con la guía del Espíritu Santo, necesario para vivir la unidad con la que está marcado nuestro propio ser como miembros de la Iglesia y ciudadanos de la sociedad humana (ChL 57 y 59).

Sinodalidad, misión, vida cotidiana y formación han de llevarnos a fortalecer en nosotros nuestro deseo de cambiar el mundo. No en vano, como indica el Papa Francisco, “una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia». Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la

construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo. Al mismo tiempo, une «el propio compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión doctrinal como en el ámbito práctico»” (EG 150-151).

Esta misión nos corresponde en exclusiva a nosotros, que somos a quienes Dios ha querido situar en este momento histórico y en este lugar geográfico del mundo. “Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!” (EG 109).

ORACIÓN FINAL

(de la exhortación apostólica Evangelii gaudium)

Virgen y Madre María,

tú que, movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida

en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro «sí»

ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista,

haciéndolo exultar en el seno de su madre.

Tú, estremecida de gozo, cantaste las maravillas del Señor.

Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable

y recibiste el alegre consuelo de la resurrección, recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida

que vence a la muerte.

Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos

el don de la belleza que no se apaga.

Tú, Virgen de la escucha y la contemplación, madre del amor, esposa de las bodas eternas,

intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo, para que ella nunca se encierre ni se detenga

en su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización,

ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa,

de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente,  manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros.

Amén. Aleluya.

Anexo: indicaciones para el trabajo en la fase diocesana

Como ha sido indicado, el proceso abierto con la celebración del Congreso de Laicos irá pasando por distintas fases. La primera de ellas se desarrollará preferentemente a nivel diocesano, sin perjuicio de que los movimientos y asociaciones de ámbito nacional puedan asimismo incorporarla en sus dinámicas de trabajo.

En este sentido, se aconseja la formación de grupos de carácter plural que permitan integrar diferentes experiencias y sensibilidades: jóvenes, adultos, familia, catequesis, profesores de religión, Cáritas, hermandades y cofradías, movimientos, asociaciones…

En cada uno de ellos habrá una persona que haga la tarea de moderador y otra que actúe como secretario. Será labor de la primera dirigir las sesiones y de la segunda concretar las aportaciones del grupo en respuesta a las preguntas que se plantean en el cuestionario.

Dado que este documento tiene tres grandes partes diferenciadas, recomendamos realizarlo en tres reuniones diferentes, pero no demasiado espaciadas en el tiempo: una para la parte introductoria y el Reconocer, otra para el Interpretar y la última de ellas para el Elegir.

Una vez concluidas las tres sesiones, cada grupo deberá hacer llegar al responsable de la Delegación de Apostolado Seglar de la Diócesis las conclusiones alcanzadas, con el fin de que desde ella pueda prepararse una síntesis que servirá de referencia para el Encuentro Diocesano.

Este Encuentro se concibe como una jornada sencilla en la que, ya en asamblea, pueda reflexionarse sobre la vocación y la misión del laicado en España y darse a conocer la síntesis de las aportaciones de los grupos. Desde la CEAS se ha elaborado una propuesta de esquema para el mismo que puede ayudar a su organización.

Al finalizar toda esta primera fase de la etapa precongresual, se remitirá un documento con la síntesis de las aportaciones –tanto las de los grupos como las que pudiera haber tras la  celebración del Encuentro diocesano– a la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar sobre la base de la plantilla preparada a estos efectos. A tal fin se habilitará un formulario electrónico cuyo enlace se comunicará oportunamente, si bien el envío puede realizarse también por medio de correo electrónico (ceas.secretaria@conferenciaepiscopal.es).

Todo ello habrá de hacerse antes de finalizar el mes de octubre. A partir de ese momento, la Comisión Organizadora del Congreso elaborará, sobre la base de las aportaciones recibidas, un Material de Trabajo (Instrumentum laboris) que deberá ser trabajado de noviembre a enero por las personas que vayan a participar en el Congreso, sin perjuicio de que pueda igualmente reflexionarse en todos los grupos.

El Congreso de Laicos, que se celebrará los días 14-16 de febrero de 2020, quiere privilegiar el trabajo en común porque el objetivo fundamental es que del mismo surjan propuestas concretas y líneas de actuación para dinamizar el laicado en nuestras diócesis de cara a los próximos años. Por eso el Congreso no es una meta, sino un punto de partida para afrontar el futuro del laicado en España.

Siglas y abreviaturas

  • Textos bíblicos

Ex                                        Éxodo

Hch                                     Hechos de los Apóstoles

Jn                                        Evangelio de san Juan

Lc                                        Evangelio de san Lucas

Mc                                      Evangelio de san Marcos

Rm                                      Carta a los Romanos

Tim                                     Carta a Timoteo

  • Textos del magisterio

AG                                        Decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II

AL                                         Exhortación apostólica Amoris laetitia de Francisco

ChL                                       Exhortación apostólica Christifideles laici de Juan Pablo II

DF                                        Documento Final del Sínodo de Jóvenes de Francisco

EG                                        Exhortación apostólica Evangelii gaudium de Francisco

GE                                        Exhortación apostólica Gaudete et exsultate de Francisco

GS                                        Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II

LG                                        Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II

NMI                                     Carta apostólica Novo millennio ineunte de Juan Pablo II